Primera meditación para el 15 de marzo de 2020

Domingo tercero de Cuaresma del Itinerario Litúrgico del venerable P. Morales

(Comenta el Evangelio Lc 11,14–28)

En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios». Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa.  Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces.  Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.  Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.  Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”.  Al volver se la encuentra barrida y arreglada.  Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio». Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Llegamos a la mitad de la Cuaresma. Han transcurrido quince días. Nos separan dos semanas del domingo de Pasión (V domingo de cuaresma). Con él se inicia la etapa más transcendental en la preparación para la Pascua.

La Iglesia nos presenta un evangelio que al mismo tiempo es milagro, advertencia, bienaventuranza.

Un doble milagro

Jesús estaba lanzando un demonio, y era mudo. En medio de la turba, Jesús atraviesa «haciendo el bien» (San Pedro). Reparte milagros y prodigios. Ahora tiene delante un hombre poseído del demonio. Además es mudo. Antes había librado a muchos. Y le presentaron todos los que estaban endemoniados, y los curó… Y los que eran atormentados por esos espíritus impuros eran curados.

Todos, a veces, nos sentimos endemoniados. Cuando el enemigo desencadena su ofensiva, cuando Jesús parece que nos abandona. Lo estaríamos si no fuese por su gracia libertadora. Y estamos también mudos sin acertar a darle gloria, a servirle amando. Nos sentimos paralíticos, dominados por la apatía, vencidos por la desgana.

Es la mejor disposición para iniciar la oración. Sentirse como lo que en realidad somos. Nada y menos que nada; pecado, miseria. Meterme entre la turba, considerarme un endemoniado mudo. ¡Madre, acércame a Jesús! Si le toco, quedaré libre para cantar con mis labios y mi vida sus misericordias… Y toda la muchedumbre procuraba tocarle, porque salía de Él una virtud que los sanaba a todos. Madre: que conmigo se acerquen a Jesús todos los hombres, para que Él haga el doble milagro en esta Cuaresma santa.

Y, como hubo lanzado al demonio, se puso a hablar el mudo. Con naturalidad, con sencillez, rompió a hablar. Sus primeras palabras brotan caldeadas por el amor agradecido a Jesús, su libertador. Mientras, se admiran las turbas. Y se maravillaban las turbas. ¡Qué poder el de Jesús! ¡Qué no haría Él en nuestros corazones, en el mundo, si sus consagrados, sus militantes, tuviesen fe, confianza, amor! ¿Verdad, Madre, que nuestra falta de fe tiene encadenada su omnipotencia para lanzar demonios, convertir al mundo?

Una advertencia

La calumnia lanzada por los judíos: «En virtud de Belcebú lanza los demonios», le ofrece ocasión a Jesús para hacernos una advertencia. Antes reparemos en la respuesta de sus enemigos a los beneficios que hace: calumnia, persecución, odio… Este Evangelio va precedido de los ataques de los judíos, que han querido apedrearle, apoderándose de su persona para matarle. No se extrañe el cristiano. No será de mejor condición que su Maestro. Cuando le apedreen aquellos mismos a quienes hace el bien, sepa exhalar fragancia, como los rosales cuando los chiquillos lanzan piedras sobre ellos. No sea como los estercoleros. Aprenda de Juan de la Cruz. En cuarenta y nueve años de vida, sus pies descalzos no pisaron más que espinas, pero hicieron florecer a su paso un sendero de rosas que desde el cielo sigue alumbrando. Sus labios, que gustaron tantas hieles, no exhalaron más que poesía.

Todo reino dividido contra sí mismo será asolado, y caerá casa sobre casa. Un alma que no esté clavada en Dios, centrada en solo Él, perecerá. Centrar en Dios inteligencia, corazón, actividad. «Amarás al Señor, Dios tuyo, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas las fuerzas de tu espíritu.» Tú, Madre, toda, sola, siempre de Dios, enséñame este amor totalitario que garantice mi perseverancia. Un mismo pensar, un mismo querer, un mismo obrar, y, sobre todo, un único señor saboreándolo todo y haciendo fácil la obediencia rendida a nuestros compromisos, pues, «si una vez nos hace el Señor merced de que se nos imprima en el corazón este amor (a Jesús), sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo» (Santa Teresa, Vida c.22).

Quien no está conmigo, está contra mí; quien no allega conmigo, desparrama. Ahora entiendo un poco, Madre, estas palabras de Jesús. Quien o está centrado en Jesús, por la obediencia continua y amorosa, por la intención recta y pura en todos sus actos, está contra Él. Quien se mueve fuera de la órbita de su voluntad, desparrama para el cielo, para la vida eterna, para la salvación de las almas. Aunque se mueva mucho, hace «poco más que nada, y, a veces, nada, y, aun a veces, daño» (Juan de la Cruz). ¡Madre: que entre en órbita, centrando mi vida en solo Dios!

La advertencia de Jesús se perfila ahora con más precisión. Los ataques del enemigo no se amortiguarán aunque el cristiano lleve muchos años consagrado a Dios, lejos del pecado. Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, toma consigo siete espíritus más perversos que él, y, entrando, establece allí su morada.

Tratará siempre de reconquistar el alma perdida. La atacará con fuerzas siete veces mayores. Y la recaída puede ser más profunda y fatal: resultan las postrimerías de aquel alma peores que los principios… Pero no temas; mira a la estrella, invoca a María. Ella, vencedora en cien batallas, te dará la victoria. Torre fuerte, inexpugnable, de la que penden mil escudos; los escudos de los valientes. Ella mira desde el cielo en eterna calma. Ella, la eterna virginidad y la eterna maternidad, el misterio de la pureza y el misterio de la fecundidad.

Una bienaventuranza

Ahora es una mujer la que se atreve a intervenir. No puede aguantarse más. Le arde el corazón por dentro. Se quema de amor. Levantando la voz en medio del pueblo, una voz salida de lo más profundo de su alma, una voz llena de fe y de amor. Levanta la voz, incapaz de contenerse. Desafía las iras de los judíos que calumniaban a Jesús. Desafía la cobardía de tantos que no se atreven en público a expresar sus sentimientos de admiración hacia Jesús por miedo a sus enemigos. Ella, levantando la voz con valentía y decisión, con fe y devoción, con sinceridad y audacia, «confunde la calumnia de los judíos, la perfidia de los herejes» (SAN BEDA), la cobardía de tantos cristianos a medias. ¡Madre querida: que se levante de mi corazón una voz de agradecimiento a Jesús, que cante en cada momento del día sus misericordias!

Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron. La exclamación de la mujer es también la oración espontánea del bautizado. Se extasía ante la belleza de las palabras y vida de Jesús. Y se admiraban todos de las palabras que salían de su boca (Lc 4,22). Bienventurada por siempre, bendita sea eternamente esa virgen Madre que te dio a luz. La alabanza a Jesús redunda en gloria para María. Bendita entre todas las mujeres. Eres la santísima Madre de Jesús.

Mas Él dijo: «Bienaventurados, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la guardan.» En el silencio amoroso de la oración se escucha la palabra de Dios. Las inspiraciones divinas se suceden también en el estrépito del mundo, en el ir y venir por las calles, en el trabajo o estudio de cada día. En cualquier ocasión, el alma recogida escucha y habla, se recoge y ama, salva almas y se une a María, y con ella «engrandece y glorifica» al Señor.

Y cuando la palabra escuchada en la oración se transforma en vida, cuando el sacrificio de la voluntad propia, en aras de la de Dios, se ha realizado, entonces se cumple la bienaventuranza de Jesús. Una paz divina inunda el alma. Y se derrama en sus hermanos, arrastrándolos a Dios. «Y la paz de Dios, que sobrepuja y excede toda ponderación, guarda su inteligencia y corazón en Cristo Jesús, Señor nuestro (Flp 4,7). Y la virgen Madre embalsama en suavidad y dulzura sus sacrificios redentores. Conmovida, le dice en cada instante: «Si quieres ser feliz, si quieres que se cumpla sobre ti la bienaventuranza de Jesús, tienes que hacer lo que yo. Mi fe y obediencia, aceptando la embajada dolorosa y gozosa de la anunciación, me hacen bienaventuradamente feliz para siempre. Escucha la palabra de Dios. Guárdala siempre, y serás feliz en tu carrera mientras dura la marcha peregrina hasta que nos veamos en el cielo.»