Hogares de Santa María

Asociación Pública de Fieles

La comunión de los santos

La comunión de los santos

D. Antonio Pérez Alcalá nos habla sobre la comunión de los santos.

Noviembre es mes para reflexionar en lo fundamental: soy criatura, vengo de Dios y voy a Dios.

La muerte, el juicio, el infierno o el cielo son inevitables. No pensar en ello no resuelve nada, más bien, puede complicar mucho el final. Pero la muerte es Cristo, amor infinito, el juicio será misericordioso, y la comunión de los santos, presidida por nuestra Madre la Virgen, nos ayuda en este peregrinar.

Miremos con esperanza al futuro: es mucho lo que nos espera… lo que ni ojo vio, ni oído oyó…

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Besando la cara de Dios, Morgan Weistling

Flores a María en el mes de mayo, consagrado a nuestra Señora

LECTOR. Purísima e Inmaculada Virgen María: Presentes ante tu trono tus hijos. Ante tu altar derramando con amor las flores de nuestros obsequios. Queremos contemplarte muy de cerca todos los días de este mes bendito, para que la fragancia de tus virtudes perfume nuestras vidas; para que el calor de tu mirada maternal nos aliente en nuestras luchas, nos consuele en nuestras penas, nos fortalezca de nuestros desfallecimientos.
TODOS: De nuevo nos consagramos a Ti. Tuyos somos. Tuyos queremos ser. Tuyos nuestros alientos de conquista. Tuyos nuestros ímpetus de combate. Tuyos nuestros ardientes deseos de pureza inmaculada. Tuyos nuestros ardorosos anhelos de ferviente apostolado.

Lector. Nuestro más santo orgullo, Virgen María.
Todos: Tenerte a Ti por Madre.

Lector: Nuestra más honda alegría.
Todos: Cantar siempre tus glorias.

Lector: Nuestro más ardoroso anhelo.
Todos: Prender almas de joven en tu manto azul, reluciente de estrellas.

Lector: Al brillar el sol de oriente.
Todos: Abre su cáliz la flor.

Lector: Y ábrese el alma que siente.
Todos: Las miradas de tu amor.

Lector: Cantemos, Madre, tus glorias, guiados por la Iglesia Santa en este mes de ensueño.
Todos: Toda hermosa eres, María.

Lector: Y no hay en Ti mancha de pecado.
Todos: Tú, gloria de Jerusalén.

Lector: Tu, alegría de Israel.
Todos: Tú, honor de nuestro pueblo.

Lector: Tú, abogada de los pecadores.
Todos: ¡Oh, María, Virgen prudentísima, Madre clementísima!

Lector: Intercede por nosotros ante el Padre, cuyo Hijo nos diste.
Todos: Para que las flechas de nuestras vidas apunten siempre al cielo en que Tú habitas.

Lector: Madre Purísima, azucenas de pureza sean nuestras vidas para Ti, blancas como el ampo de la nieve inmaculada, incontaminadas como el ara de nuestros altares. Dios te salve, María…
Todos: Santa María…

Lector: Reina y Madre de los apóstoles, siembra en nuestros corazones semillas de cielo, que rompan alegremente en rosas de apostolado de conquista a la mayor gloria de Dios. Dios te salve, María…
Todos: Santa María…

Lector: Madre nuestra, Santa María, que un destello de luz irradiando de Nazaret, ilumine nuestras vidas. Que contemplemos en Jesús, obediente y humilde, el modelo de nuestra vida de familia. Dios te salve, María…
Todos: Santa María…

Lector: Santa Madre de Cristo trabajador, que nuestras horas de trabajo y estudio, unidas a las de Jesús en Nazaret, ofrecidas con alegría por la conquista de nuestros hermanos, atraigan las bendiciones del cielo sobre nuestra obra redentora. Dios te salve, María…
Todos: Santa María…

Lector: Reina y Madre de (nuestra familia, parroquia, etc.), que el Espíritu Santo, con la plenitud de sus dones, descienda sobre nuestros corazones en el mes más bello del año, en el Pentecostés solemne, que abrase nuestras almas en fuego de conquista, para que rindamos ante tu trono las almas de todos nuestros compañeros y amigos. Dios te salve, María…
Todos: Santa María…

Lector: En este mes de las flores, alas te pido Madre.
Todos: Alas para volar.

Lector: Alto, muy alto.
Todos: Sin descansar.

Lector: No me dejes plegar.
Todos: Las alas que Tú me diste.

Lector: Hasta que llegue a esa tu luz.
Todos: Donde las sombras terminan.

Lector: Donde estás Tú.
Todos: Alas te pido Madre.

Lector: Alas cargadas de almas.
Todos: Que vuelen también a Ti.

Lector: Almas, Madre, de mirada clara y profunda, que fija la vista en la altura, puedan cantar con nosotros.
Todos: No he nacido para el suelo, que es morada de dolor; yo he nacido para el cielo, yo he nacido para Dios.

Lector: Almas que serán perlas para engastar en tu corona de Madre, de Virgen, de Reina.
Todos: De Madre, las más tierna, de Virgen, la más pura, de Reina, la más misericordiosa.

Lector: Almas que unidas con nosotros en eternidad de eternidades te contemplen para siempre a la mayor gloria de Dios.
Todos: Amén.

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Entendamos a Cristo para mejor amarle y llevarle al mundo

No entendieron a Cristo sus paisanos, ni los sumos sacerdotes judíos, ni los romanos, ni incluso sus apóstoles. Tampoco cuando resucitó. No le entiende la sociedad, ni los políticos, ni los financieros, ni el hombre moderno. ¿Qué nos falta? La humildad de conocer que somos criaturas.

Pidamos estos días de Pascua, por mediación de nuestra Madre, Santa María, conocimiento interno de Cristo, para mejor amarle y llevarle al mundo.

Escuchemos el audio de D. Antonio Pérez Alcalá.

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Oración

Momentos providenciales para unirnos a la cruz de Cristo

Hay que rezar mucho para que esta prueba en plena cuaresma se convierta en un especial momento de gracia en el que muchos se acerquen a Dios al sentir la propia fragilidad y en el que la humanidad entera recobre el sentido de la transcendencia: que dejemos de vivir como si Dios no existiera, como si no fuéramos a morirnos nunca.

Aprovechemos especialmente nosotros, que somos privilegiados en el trato con Dios, para rezar más en familia, intensificando (o recuperando, quizá) costumbres o prácticas que habíamos dejado: rezo del ángelus, del rosario, del viacrucis, lectura de la Palabra de Dios, ayuno, meditación…

Se acercan los días de Semana Santa tan especiales siempre. Esta vez no podremos tener juntos las Jornadas. Dios nos bendecirá de otra manera y ya nos dirán los responsables cómo y qué debemos hacer. Os adelanto que, en sintonía con los acontecimientos que vivimos, cada día grande de la Semana Santa los viviremos así:

Jueves Santo: DÍA DE LA CARIDAD.

Día del amor de Dios hasta el extremo (Eucaristía). Día también de amor fraterno. ¡Cuántos ejemplos de amor y caridad estamos viviendo y viendo estos días!

Viernes Santo: DÍA DEL DOLOR

Al sufrimiento redentor de Cristo en la Cruz, se une el sufrimiento de tantos contagiados, de tantos enfermos, de tantas personas que no han podido ni despedir a su ser querido, tantos nuevos pobres,…

Sábado Santo: DÍA DE LA ESPERANZA

La Virgen de la esperanza, que ha estado junto a la Cruz, la Virgen dolorosa, nuestra Madre bendita, será el gran motivo de nuestra fortaleza y de nuestra confianza en la prueba. Ella no abandona jamás a sus hijos.

Domingo de Resurrección: DÍA DE LA ALEGRÍA

La certeza de Cristo Resucitado, del Dios vivo vencedor del pecado y de la muerte nos llena de una alegría superior, que nadie ni nada nos puede arrebatar. El Amor al final siempre triunfa.

Entre tanto, y mientras llegan esos días, intentaremos haceros llegar todos los días materiales que os ayuden en vuestra oración diaria. Meditaciones grabadas o escritas para ser oídas o leídas. Gracias a Dios tenemos posibilidades muy buenas de conectarnos a muchos blog o canales que nos garantizan alimento espiritual. Pero es oportuno que como Hogares de Santa María tengamos ayudas específicas para vivir lo mejor posible nuestros compromisos personales y ser fieles, especialmente en este momento, al camino espiritual que el Señor nos pide, a nuestro espíritu.

Nada más. Os encomiendo a todos especialmente en el sacrificio de la misa de cada día, y le pido a la Virgen que nos meta a todos en su Corazón de Madre.

Con mi afecto y bendición,

P. Feliciano


Horario de los oficios de Semana Santa retransmitidos desde el Hogar Stabat Mater

Horario de oficios de Semana Santa 2020


Fichas en formato pdf

Ficha general, válida para todos los días

Ficha contemplación del misterio de la Encarnación

Ficha la Pasión del Señor: el lavatorio de los pies

Ficha la humillación de Jesús en su Pasión

Ficha la agonía de Getsemaní

Ficha prendimiento de Jesús: el beso de Judas

Ficha negación de Pedro

Ficha la flagelación del Señor

Ficha la corona de espinas

Ficha con la cruz a cuestas

Ficha la Crucifixion

Ficha la muerte de Jesús

Ficha palabras de Jesús en la cruz (I)

Ficha palabras de Jesús en la cruz (II)

Ficha palabras de Jesús en la cruz (III)

Súplica en letanías por el fin de la pandemia


Audios

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Tentaciones de Cristo (Botticelli)

Santo es aquel que se levanta siempre que cae

Jesús se somete de una forma misteriosa e incomprensible a la tentación de Satanás. Quiso hacerse igual a nosotros en todo, excepto en el pecado y la tentación no es pecado, es un reto que tiene el hombre para acercarse más a Dios. Primero, fortaleciendo su voluntad, y resistiéndola y si llegamos a caer, que caemos muchas veces, cultivando la humildad, que es lo que más nos acerca a Dios. ¿Qué es un santo? Aquel que siempre que cae, se vuelve a levantar.

Escuchemos a D. Antonio Pérez Alcalá en esta chara.

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Un evangelio que al mismo tiempo es milagro, advertencia, bienaventuranza

Primera meditación para el 15 de marzo de 2020

Domingo tercero de Cuaresma del Itinerario Litúrgico del venerable P. Morales

(Comenta el Evangelio Lc 11,14–28)

En aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo. Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: «Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios». Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa.  Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces.  Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.  Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín. El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.  Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice: “Volveré a mi casa de donde salí”.  Al volver se la encuentra barrida y arreglada.  Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí. Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio». Mientras él hablaba estas cosas, aconteció que una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo: «Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron». Pero él dijo: «Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Llegamos a la mitad de la Cuaresma. Han transcurrido quince días. Nos separan dos semanas del domingo de Pasión (V domingo de cuaresma). Con él se inicia la etapa más transcendental en la preparación para la Pascua.

La Iglesia nos presenta un evangelio que al mismo tiempo es milagro, advertencia, bienaventuranza.

Un doble milagro

Jesús estaba lanzando un demonio, y era mudo. En medio de la turba, Jesús atraviesa «haciendo el bien» (San Pedro). Reparte milagros y prodigios. Ahora tiene delante un hombre poseído del demonio. Además es mudo. Antes había librado a muchos. Y le presentaron todos los que estaban endemoniados, y los curó… Y los que eran atormentados por esos espíritus impuros eran curados.

Todos, a veces, nos sentimos endemoniados. Cuando el enemigo desencadena su ofensiva, cuando Jesús parece que nos abandona. Lo estaríamos si no fuese por su gracia libertadora. Y estamos también mudos sin acertar a darle gloria, a servirle amando. Nos sentimos paralíticos, dominados por la apatía, vencidos por la desgana.

Es la mejor disposición para iniciar la oración. Sentirse como lo que en realidad somos. Nada y menos que nada; pecado, miseria. Meterme entre la turba, considerarme un endemoniado mudo. ¡Madre, acércame a Jesús! Si le toco, quedaré libre para cantar con mis labios y mi vida sus misericordias… Y toda la muchedumbre procuraba tocarle, porque salía de Él una virtud que los sanaba a todos. Madre: que conmigo se acerquen a Jesús todos los hombres, para que Él haga el doble milagro en esta Cuaresma santa.

Y, como hubo lanzado al demonio, se puso a hablar el mudo. Con naturalidad, con sencillez, rompió a hablar. Sus primeras palabras brotan caldeadas por el amor agradecido a Jesús, su libertador. Mientras, se admiran las turbas. Y se maravillaban las turbas. ¡Qué poder el de Jesús! ¡Qué no haría Él en nuestros corazones, en el mundo, si sus consagrados, sus militantes, tuviesen fe, confianza, amor! ¿Verdad, Madre, que nuestra falta de fe tiene encadenada su omnipotencia para lanzar demonios, convertir al mundo?

Una advertencia

La calumnia lanzada por los judíos: «En virtud de Belcebú lanza los demonios», le ofrece ocasión a Jesús para hacernos una advertencia. Antes reparemos en la respuesta de sus enemigos a los beneficios que hace: calumnia, persecución, odio… Este Evangelio va precedido de los ataques de los judíos, que han querido apedrearle, apoderándose de su persona para matarle. No se extrañe el cristiano. No será de mejor condición que su Maestro. Cuando le apedreen aquellos mismos a quienes hace el bien, sepa exhalar fragancia, como los rosales cuando los chiquillos lanzan piedras sobre ellos. No sea como los estercoleros. Aprenda de Juan de la Cruz. En cuarenta y nueve años de vida, sus pies descalzos no pisaron más que espinas, pero hicieron florecer a su paso un sendero de rosas que desde el cielo sigue alumbrando. Sus labios, que gustaron tantas hieles, no exhalaron más que poesía.

Todo reino dividido contra sí mismo será asolado, y caerá casa sobre casa. Un alma que no esté clavada en Dios, centrada en solo Él, perecerá. Centrar en Dios inteligencia, corazón, actividad. «Amarás al Señor, Dios tuyo, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas las fuerzas de tu espíritu.» Tú, Madre, toda, sola, siempre de Dios, enséñame este amor totalitario que garantice mi perseverancia. Un mismo pensar, un mismo querer, un mismo obrar, y, sobre todo, un único señor saboreándolo todo y haciendo fácil la obediencia rendida a nuestros compromisos, pues, «si una vez nos hace el Señor merced de que se nos imprima en el corazón este amor (a Jesús), sernos ha todo fácil, y obraremos muy en breve y muy sin trabajo» (Santa Teresa, Vida c.22).

Quien no está conmigo, está contra mí; quien no allega conmigo, desparrama. Ahora entiendo un poco, Madre, estas palabras de Jesús. Quien o está centrado en Jesús, por la obediencia continua y amorosa, por la intención recta y pura en todos sus actos, está contra Él. Quien se mueve fuera de la órbita de su voluntad, desparrama para el cielo, para la vida eterna, para la salvación de las almas. Aunque se mueva mucho, hace «poco más que nada, y, a veces, nada, y, aun a veces, daño» (Juan de la Cruz). ¡Madre: que entre en órbita, centrando mi vida en solo Dios!

La advertencia de Jesús se perfila ahora con más precisión. Los ataques del enemigo no se amortiguarán aunque el cristiano lleve muchos años consagrado a Dios, lejos del pecado. Cuando el espíritu inmundo ha salido de un hombre, toma consigo siete espíritus más perversos que él, y, entrando, establece allí su morada.

Tratará siempre de reconquistar el alma perdida. La atacará con fuerzas siete veces mayores. Y la recaída puede ser más profunda y fatal: resultan las postrimerías de aquel alma peores que los principios… Pero no temas; mira a la estrella, invoca a María. Ella, vencedora en cien batallas, te dará la victoria. Torre fuerte, inexpugnable, de la que penden mil escudos; los escudos de los valientes. Ella mira desde el cielo en eterna calma. Ella, la eterna virginidad y la eterna maternidad, el misterio de la pureza y el misterio de la fecundidad.

Una bienaventuranza

Ahora es una mujer la que se atreve a intervenir. No puede aguantarse más. Le arde el corazón por dentro. Se quema de amor. Levantando la voz en medio del pueblo, una voz salida de lo más profundo de su alma, una voz llena de fe y de amor. Levanta la voz, incapaz de contenerse. Desafía las iras de los judíos que calumniaban a Jesús. Desafía la cobardía de tantos que no se atreven en público a expresar sus sentimientos de admiración hacia Jesús por miedo a sus enemigos. Ella, levantando la voz con valentía y decisión, con fe y devoción, con sinceridad y audacia, «confunde la calumnia de los judíos, la perfidia de los herejes» (SAN BEDA), la cobardía de tantos cristianos a medias. ¡Madre querida: que se levante de mi corazón una voz de agradecimiento a Jesús, que cante en cada momento del día sus misericordias!

Bienaventurado el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron. La exclamación de la mujer es también la oración espontánea del bautizado. Se extasía ante la belleza de las palabras y vida de Jesús. Y se admiraban todos de las palabras que salían de su boca (Lc 4,22). Bienventurada por siempre, bendita sea eternamente esa virgen Madre que te dio a luz. La alabanza a Jesús redunda en gloria para María. Bendita entre todas las mujeres. Eres la santísima Madre de Jesús.

Mas Él dijo: «Bienaventurados, más bien, los que escuchan la palabra de Dios y la guardan.» En el silencio amoroso de la oración se escucha la palabra de Dios. Las inspiraciones divinas se suceden también en el estrépito del mundo, en el ir y venir por las calles, en el trabajo o estudio de cada día. En cualquier ocasión, el alma recogida escucha y habla, se recoge y ama, salva almas y se une a María, y con ella «engrandece y glorifica» al Señor.

Y cuando la palabra escuchada en la oración se transforma en vida, cuando el sacrificio de la voluntad propia, en aras de la de Dios, se ha realizado, entonces se cumple la bienaventuranza de Jesús. Una paz divina inunda el alma. Y se derrama en sus hermanos, arrastrándolos a Dios. «Y la paz de Dios, que sobrepuja y excede toda ponderación, guarda su inteligencia y corazón en Cristo Jesús, Señor nuestro (Flp 4,7). Y la virgen Madre embalsama en suavidad y dulzura sus sacrificios redentores. Conmovida, le dice en cada instante: «Si quieres ser feliz, si quieres que se cumpla sobre ti la bienaventuranza de Jesús, tienes que hacer lo que yo. Mi fe y obediencia, aceptando la embajada dolorosa y gozosa de la anunciación, me hacen bienaventuradamente feliz para siempre. Escucha la palabra de Dios. Guárdala siempre, y serás feliz en tu carrera mientras dura la marcha peregrina hasta que nos veamos en el cielo.»

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Jesús tiene sed de amor

Segunda meditación para el 15 de marzo de 2020

(Comentario al Evangelio del III Domingo de Cuaresma Ciclo A Jn. 4, 5-42. Extraída del libro “Orar y Amar” de meditaciones del venerable P. Morales S.J.).

La samaritana (Meditación tomada de los ejercicios a los Cruzados de Santa María de 1977 en Santibáñez del Porma, y del retiro de XI-1993)

En aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José;  allí estaba el pozo de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.  Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice: «Dame de beber».  Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.  La samaritana le dice: «¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).  Jesús le contestó: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».  La mujer le dice: «Señor, si no tienes cubo, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».  Jesús le contestó: «El que bebe de esta agua vuelve a tener sed;  pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».  La mujer le dice: «Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».  Él le dice: «Anda, llama a tu marido y vuelve».  La mujer le contesta: «No tengo marido». Jesús le dice: «Tienes razón, que no tienes marido:  has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».  La mujer le dice: «Señor, veo que tú eres un profeta.  Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén». Jesús le dice: «Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre.  Vosotros adoráis a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos.  Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así.  Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».  La mujer le dice: «Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».  Jesús le dice: «Soy yo, el que habla contigo».  En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».  La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:  «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».  Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.  Mientras tanto sus discípulos le insistían: «Maestro, come».  Él les dijo: «Yo tengo un alimento que vosotros no conocéis».  Los discípulos comentaban entre ellos: «¿Le habrá traído alguien de comer?».  Jesús les dice: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.  ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.  Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo os envié a segar lo que no habéis trabajado. Otros trabajaron y vosotros entrasteis en el fruto de sus trabajos».  En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».  Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días.  Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo». Jn 4,5-42.

Nosotros hemos creído en el amor de Dios para con nosotros (1Jn 4,15). Creer en el amor misericordioso de Dios, saboreando las propias limitaciones y miserias, es dejar que crezcan las alas para amarle nosotros. Amemos a Dios porque Él nos amó primero (I Jn 4,19). Cuando un alma se persuade de que Dios la ama infinitamente a pesar y a causa de su miseria, brota en ella el deseo de entregarse sin reserva a su acción misericordiosa.

Él nos amó primero

Al leer y meditar este evangelio, deslumbran dos verdades: Dios, amor infinito, tiene sed de darse, y la miseria humana anhela ser colmada y amada. Ni el Creador ni la criatura pueden estar sin amar. Este flujo y reflujo, esta duplicidad de amor, esta doble sed explica y resume las relaciones entre el alma y Dios. Toda la catarata de gracias que el Señor da al alma desde el despertar mismo de la vida divina en ella, no son más que el efecto de esa doble sed de Dios y mía.

Amemos a Dios porque Él nos amó primero, dice san Juan. “Al fin para este fin de amor hemos sido creados” (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, 29,3).  Y también: El hombre es creado para amar, alabar, hacer reverencia, servir a Dios… (San Juan de la Cruz, Cántico Espiritual B, 29,3) temporalmente en la tierra y eternamente en el cielo.

Jesús, cansado, se sentó junto al pozo

Estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre, entraré y cenaré con él (Ap 3,20). Voy a escuchar estas palabras como de fondo al meditar este evangelio de la Samaritana.

Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar. Igual que llega cada día a mi corazón y llama. Si escucho su voz y le abro, entrará en mí. Porque Jesús no está sólo en la Hostia Santa, en la Misa, en el Sagrario… no está sólo resucitado a la derecha del Padre. ¡Está también en mi corazón! Jesús llega a mi corazón y me dice: si oyes mi voz y me abres, entraré y cenaré contigo un banquete de paz mientras dure tu paso en la tierra, y luego un festín de paz en el cielo. Al alma profunda y contemplativa le basta eso.

Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar. ¿Qué va a pasar? Va a convertir una mujer de adúltera e idólatra en creyente. Adoraba el dinero, la vida cómoda, el placer, el orgullo, el quedar bien ante los hombres… Como tantos otros hoy. Pero Jesús la va a convertir de pecadora en apóstol. Lo mismo que desea hacer conmigo.

Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado, junto al pozo. Cansado de darme tantas gracias desde niño, tantas luces y fuerzas para que me entregue a Él y le ame. Por eso quiero, Jesús, decirte que te adoro, y te bendigo por tantas veces como, cansado por mi culpa, me has llamado; y por la paciencia exquisita que siempre has tenido conmigo.

Era alrededor del mediodía…Llegó una mujer de Samaria idólatra, pecadora. Adoraba a Dios a su modo, pero también el placer, la comida, el dinero… El encuentro con Cristo va a transformar su corazón. San Carlos Borromeo se admiraba pensando que Jesús, que había venido para salvar a todos en apenas tres años de vida pública, se detuviese tanto tiempo (varias horas) con una mujer de Samaría.

Señor dame de esa agua. Sed de amor

Si conocieses el don de Dios tú le pedirías agua. Si conocieses el amor misericordioso de Dios experimentando tus miserias, le pedirías: Señor dame de esa agua. Aquí está expresado todo el ansia de amor que tiene el hombre y su incapacidad total para saciarse. De qué manera tan sencilla, tan eficaz, consigue el Señor inspirar a esa alma pecadora, a la samaritana, el deseo de encontrarse con Él. Así quiere hacer conmigo.

Dice San Agustín: «Dios tiene sed del que anhela beberle…» Es de difícil traducción: «Dios tiene sed, del que tiene sed, del sediento» (San Agustín, Quest. 64,4). Y santa Teresa del Niño Jesús al leer este evangelio escribe: «resonaba continuamente en mi corazón el grito de Jesús en la cruz: “¡Tengo sed!”. Estas palabras encendían en mí un ardor desconocido y muy vivo… Quería dar de beber a mi Amado, y yo misma me sentía devorada por la sed de almas…» (Historia de un alma V, Ms A, 45v.).

Este deseo de amar es siempre el arranque de una vida espiritual profunda, de una entrega a Dios en medio de nuestras miserias y pecados. Pero es también el coronamiento y la plenitud de esa misma vida de santidad. En la vida de Santa Teresita se comprueba muy bien. El motor que impulsó su alma y la fortaleció fue siempre el amor. Fue mística antes que asceta. No esperó a tener una vida mortificada para empezar a amar. Amó desde el principio, de ahí su alegría, su valor y fortaleza en medio de su miseria y de sus pruebas. En una carta a su prima María Guérin le dice Teresa: «Me pides un medio para llegar a la perfección, pues no conozco más que uno: el amor» (Carta a Mª Guerin, carta 109). Y en otro momento nos dirá también: «Lo que agrada a Dios de mi pequeña alma, es que ame, mi pequeñez y mi pobreza…y al mismo tiempo que confíe ciegamente en su misericordia» (Carta a sor María del Sagrado Corazón, Carta 197). Creer en el amor misericordioso y esperarlo todo del Señor es tributarle la gloria que espera de nosotros. En el cielo los ángeles, querubines, serafines, podrán cantar la omnipotencia, la sabiduría, la grandeza, la bondad de Dios. Pero nosotros podremos cantar sus misericordias. Aceptando nuestra pobreza, aceptándonos tal como somos, le glorificamos. Misericordias Domini in aeternum cantabo. Cantaré eternamente las misericordias del Señor. También cantaré su justicia, su sabiduría, su grandeza y su hermosura, pero sobre todo su misericordia. Evangelio puro. Jesucristo es amor que atrae hacia Él a los que están lejos: hijo pródigo, mujer adúltera, samaritana, María Magdalena.

Jesús la va preparando y conquistando por etapas. Primero, despierta en ella el deseo de beber del agua viva para no tener más sed.  Después la humilla: Anda, llama a tu marido y vuelve. A lo que la mujer responde con sinceridad: no tengo marido. Jesús la dice: tienes razón que no tienes marido, has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido… es tu amante. La mujer, queriendo justificarse, sale con evasivas. Pero Cristo es bien directo. También yo tengo “amantes”: mi manera de pensar, mi voluntad independiente y caprichosa; mi pereza, gula, impureza… Necesito mucho la confesión sacramental habitual.

Soy Yo, el que habla contigo

Sé que va a venir el Mesías, el Cristo…, le dice la mujer. Entonces Jesús le contesta :Soy yo, el que habla contigo. Este es el versículo clave de toda la escena. Yo soy el Mesías esperado, le dice, el mismo que está hablando contigo, el que quiere hacer de ti una pregonera del Amor; el que quiere transformarte de idólatra en creyente, de pecadora en santa…

A la luz de ese versículo hay que interpretar también lo que dice a los apóstoles cuando llegan con el pan. Come, le dicen. Mi manjar es hacer la voluntad del Padre. Para eso vine al mundo

La samaritana, dejó el cántaro al pie del pozo, en el brocal, y corrió encendida en amor, era ya apóstol de los samaritanos.

Levantad la vista, —dice entonces a los doce—ved las multitudes de samaritanos que viven aquí… ved cuantos hombres y mujeres sedientos…Yo soy el Camino, la Verdad, y la Vida.

En el pueblo de Sicar, muchos samaritanos creyeron en Él por el testimonio que había dado la mujer. Me ha dicho todo lo que he hecho…También en la oración y en el examen de conciencia Jesús me dice a mí todo el orgullo, la pereza, la desconfianza… para que empiece a ser audaz, intrépido, constante en mis santos propósitos.

Cuando llegaron los samaritanos, le rogaban que se quedase con ellos. Y decían a la mujer: ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos hemos oído y sabemos que Él es de verdad el Salvador del mundo.

Junto al pozo, Jesús ha revelado el misterio de su mesianismo a una mujer idólatra, pecadora y samaritana, cosa que no ha hecho todavía con nadie, ni con Nicodemo, ni siquiera con los mismos apóstoles. Elige a esta pecadora para hacerla confidente del misterio de amor que nos trae su Persona. Es un Evangelio que nos llena de confianza en la misericordia del Corazón de Jesús.

–«Inmaculada Madre de Dios, tus ojos para mirarle… También yo quiero rogarle que se quede siempre conmigo, que me haga su confidente».

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Necesito una fuerza que únicamente la encuentro en Cristo y en Cristo crucificado

Plática para el 15 de marzo de 2020

(Adaptación de la plática del primer día de la tercera semana de ejercicios espirituales a consagrados laicos en septiembre de 1968 por el venerable padre Tomás Morales).

Después de diecisiete días de marcha de cuaresma, la tierra del corazón está más preparada para recibir la semilla, por lo tanto, un granito pequeño y diminuto produce al ciento por uno, a diferencia del primer día si el alma ha sido fiel a las adicciones de Ignacio, está más preparada para la sementera, por lo tanto cada segundo de esta semana equivale a una hora o dos horas de la etapa anterior, la etapa más fecunda. Segundo, la etapa más santa, nada más santo en el mundo que Jesucristo y nada más santo en Jesús que su pasión.

Tercero, la etapa más trascendental, ¿por qué?, porque yo necesito para ser otro Cristo una fuerza, y la fuerza me la da la pasión de Jesús, yo necesito para cumplir la misión mesiánica que me ha encomendado el Padre como a Cristo, necesito una fuerza que únicamente la encuentro en Cristo y en Cristo crucificado, necesito para superar las insidias del enemigo, que estará tratando de apartarme del camino de mesianismo trazado por el Padre a base de obediencia, de desaparecer, de sufrimiento, necesito una fuerza, y únicamente la encuentro en Jesucristo crucificado, etapa más fecunda, la más santa y la más trascendental.

Ésta es la importancia del nuevo período que comenzará con la Pasión. En ejercicios se supone que se toman grandes decisiones durante la primera y segunda semana, sobre todo en la segunda, la decisión de ser un Cristo, viviendo un mesianismo no a la medida de mi voluntad, no a lo que a mí me parezca, se me ocurra, porque directamente me lo comunica Dios en la oración, no, sino un mesianismo a base de cumplir la voluntad del Padre que se expresa en los acontecimientos, en las situaciones corrientes y normales de la vida, en la persona que me manda en nombre de Dios.

Si en esta cuaresma he tomado esta decisión, ahora necesito una inyección de fuerza para cumplirla, llegando hasta el derramamiento de sangre, que hará falta siempre, unas veces cruento si Dios dispone que mi vida empiece para siempre con el martirio, y otras veces incruento, martirio blanco de cada momento para inmolar mi propia voluntad con Cristo que se ofrece en la misa, porque sigue realizando entonces la redención.

¿Cuál es el medio o cuáles son los medios para conseguir lo que se pretende?, primero, mucho más recogimiento y soledad que los días anteriores, sin comparación, lo bonito del paisaje, del mar, la montaña a lo mejor puede distraer, porque te pones a contemplar la montaña y ya estás haciendo marchas con la cabeza sin que te des cuenta. De manera que lo bonito del paisaje quizá perjudique, puede ser que alguien le ayude, pero también puede ser que, a otros, sin darse cuenta por supuesto, les perjudique, mayor soledad, que no haya nada ni nadie que te perturbe, es indispensable irla consiguiendo desde el primer momento de esta etapa decisiva que ha comenzado.

Segundo, saber aprovechar bien los ratos entre contemplación y contemplación, eso que se llama tiempos libres y que no son tales tiempos libres, sino que son prolongación del ambiente que se ha tenido en la contemplación, ¿cómo?, reposando, tomando notas, leyendo sólo el Evangelio de la Pasión y sólo hasta la escena que has contemplado, y si lees algo de lo anterior de la vida de Jesús siempre en función de la pasión y diciéndote, todo esto por mí, reflictiendo para sacar algún provecho.

Segundo, coger el Misal, que ya hemos dicho que el Misal hoy la gente cree que no hace falta porque la misa es en castellano, una idea un poco rutinaria y superficial, coger el Misal y saborear la liturgia, desde el Domingo de Ramos al Viernes Santo inclusive, poco a poco, despacito. Saborear la misa del primero de julio, preciosísima sangre, la del catorce de septiembre exaltación de la cruz, la de la misa de la Virgen de Dolores, saborear en el Misal esas palabritas más todavía.

Los salmos, los que se refieren sobre todo a la pasión de Jesús, en particular el veintiuno, imitación de Cristo todo el libro cuarto, materia de sobra, porque mucha gente no tiene oración porque no sabe leer, porque no tiene lectura espiritual, porque no sabe alimentar su espíritu, y luego llega a la oración y se encuentra sin ideas, claro, si en el tiempo libre ha estado solamente viendo las montañas y viendo el mar, natural.

Si no tiene la soledad necesaria para hacer con tranquilidad cada día un rato de lectura espiritual, y el domingo o algún día que tenga más tiempo disponible para hacer más tiempo de lectura, leyendo a Juan de Ávila, a Juan de la Cruz, a Teresa de Jesús, a Carlos de Foucault, o a quien sea con tal de que sea hombre de Dios, pues se encuentra luego vacío. Si el ochenta por ciento de la oración es la lectura espiritual, y hay que acostumbrar a la gente tanto a hacer oración cómo ha tener lectura espiritual, porque la lectura viene hecha ya, o es oración o es un preludio para la oración.

Y sobre todo cuanto tú estés fuera de la oración, Santa Madre de Cristo Dolorosísima, y cada vez una jaculatoria, pero siempre alrededor de la Virgen Dolorosa hasta que te quedes enteramente solo, y esto puede hacerse en un ambiente de paz, de tranquilidad, con un control de los ojos grande, sin violencia de ninguna clase que no hace falta, pero como según la frase bíblica la muerte entra por las ventanas, es decir por los ojos, mientras no se controla la vista no hay nada que hacer.

Segundo medio, bañar de amor toda la penitencia que haces, más o menos según Dios te inspire y según te den permiso para hacerla, sabiendo que la gran penitencia no consiste tanto en quedarte sin comer veinticuatro horas, que a lo mejor te lo pide Dios y conviene que lo hagas con el permiso consiguiente, sino en hacer bien el examen de la oración. Ya sabemos que no es estarse todo el rato dándole vueltas a si me he distraído o no, porque eso sería minimilizar el examen, pero sí estar aprovechando bien el tiempo para ver sobre todo si en el rato anterior a la contemplación que acabo de hacer he estado perdiendo el tiempo, sin darme yo cuenta y sin quererlo ni pretenderlo, porque una cosa es saber descansar, cuyo arte hay que poseer y manejar, y otra cosa es disiparse y salir de este ambiente delicioso, que es indispensable para esta etapa, la más fecunda, la más santa y la más trascendental.

De manera que la principal penitencia consiste en guardar muy bien las adicciones de san Ignacio, lo mismo que la gran penitencia fuera del retiro consiste en trabajar a fondo y estudiar aunque no tengas ganas, y atender en clase aunque te reviente, etcétera, etcétera, etcétera. Otro medio para lograr entrar bien en la Pasión, llevar muy bien el examen particular sobre las adicciones como te acabo de decir, y pedirse cuenta después de cada rato de oración cómo va funcionando.

Aquí dice el Santo que hay que modificar ahora algo las adicciones, luego en despertándome, en vez de proponerme como antes la figura de Jesús, naciendo, viviendo su vida oculta o pública, luego en despertándome, es decir cada momento del día, no solamente al levantarme por la mañana, poniendo delante de mí adónde voy y a qué. Actuándome, porque si no vienes despistado a la capilla, y sigues despistado toda la oración, y sigues despistado todo el día, poniendo delante de mí adónde voy y a qué.

Resumiendo un poco la contemplación que quiero hacer según el misterio fuere, esforzándome mientras me levanto y me visto, mientras vengo a la capilla, mientras estoy en el rato libre, esforzándome mientras me levanto y me visto en entristecerme y dolerme de tanto dolor y de tanto padecer de Cristo nuestro Señor, esforzándome Santa Madre de Cristo Dolorosísima, a tu lado, ayúdame, apoya, bendice, visita, porque esta manera de esforzarse con la Virgen es tan suave, pero es de cada momento de todos estos días que han comenzado.

Y luego dice aquí san Ignacio que se mudará también la sexta adicción, no trayendo pensamientos alegres, aunque sean buenos y santos, estorban ahora, como de Resurrección o de gloria, sino inducirme a mí mismo a dolor y a pena, y quebrando, trayendo en memoria frecuente, por lo tanto durante todo el día, cuando estás comiendo, cuando estás descansando sino es que está roque del todo, trayendo en memoria frecuente, todo el día. Porque claro es el contemplativo a lo largo de las veinticuatro horas, el que trata de forjar Ignacio, trayendo en memoria frecuente los trabajos, fatigas y dolores de Cristo nuestro Señor, que pasó desde el punto que nasció, y por eso la mirada retrospectiva hacia la vida pasada de Jesús no está excluida en la mente de san Ignacio, sino que puede hacerse con tal de que todo, desde el nacimiento, esté impregnado en ese colorido de sacrificio sangriento del Calvario.

Porque ahora se puede mirar en perspectiva toda la vida del pasado de Jesús enfocada hacia la cruz, según aquello que trae el Santo en la contemplación del nacimiento, cuando dice que hay que contemplar las personas mirando lo que padecen y sufren y el trabajo de Cristo que todo lo padece por mí, hambre, frío, para morir en la cruz. Porque no quiere Ignacio que te pierdas en detalles, sino que descubras el hilo de sangre y de oro de amor, que va enlazando todos los misterios y las acciones más mínimas de Jesús.

Y dice él que debo privarme de claridad, por lo tanto, si a alguno le ayuda en la habitación tener la ventana o la persiana echada que lo haga, si a los que se quedan aquí en la capilla les ayuda pues que también lo hagan, lo dice él, ya se sabe que a unos ayudará más a otros menos, cada uno vea lo que hace en este punto.

Y ahora una cosa muy interesante acerca de cómo se ha de hablar en la oración y se ha de contemplar. En los coloquios, y toda la oración es coloquio, y todo el día es coloquio, debemos razonar y pedir según subyecta materia, es a saber, según qué me haya tentado o consolado, y según qué deseo haber, tener, una virtud u otra, según que quiero disponer de mí a una parte o a otra, según qué quiero dolerme en lo que contemplo, pidiendo aquello que más eficazmente deseo, y de esta manera puedo hacer un solo coloquio con Cristo nuestro Señor, o si la materia o devoción  me conmueve puedo hacer tres coloquios, uno con la Madre, otro con el Hijo y otro con el Padre.

Prácticamente estar invocando continuamente a la Virgen y al Espíritu Santo, y ya con esta invocación la Virgen te pondrá en contacto con Jesús, que sufre y muere por ti, y Jesús con el Padre de los cielos. Esto es importante, saber hablar así, saber hablar de esta manera, pidiendo pues alguna virtud, como por ejemplo la paciencia que es la que más nos hace falta a todos, porque la humildad es paciencia, la obediencia es paciencia y todo se reduce a la paciencia, y el querer desaparecer ante la voluntad del Padre, siendo otro Cristo, es paciencia, y la paciencia es lo que más falta nos hace a todos.

Y por eso precisamente la liturgia de la misa, Domingo de Ramos, cuando se abre la gran semana, omnipotente y eterno Dios, para que los hombres tuviésemos ejemplo de humildad que imitar hiciste que tu hijo se encarnase y muriese en la cruz, haz que aprendamos la enseñanza de su paciencia, ah, aquí está todo. Cuando Juan Bosco estaba allí con su madre, harta ya en Turín de estar con los birbiquines que le manchaban la ropa que ella acababa de tender en la huerta y que le pisoteaban las coles y lo que ella plantaba, me voy a Murialdo, tú te quedas aquí con toda esta patrulla, yo me voy a Murialdo, y entonces Juan Bosco no hizo más que quedarse mirando un crucifijo que estaba colgando de la pared, y al verlo mamá Margarita empezó a mirar también, y entonces mamá Margarita le dice a san Juan Bosco, tienes razón, porque no somos humildes no tenemos paciencia, me quedo contigo en Turín, no me voy a Murialdo.

La perseverancia es paciencia, todo es paciencia, y la Iglesia por eso que sabe muy bien y es maestra y pedagoga y madre, haz que aprendamos la enseñanza de su paciencia, porque la gran enseñanza de la pasión de Jesús es la paciencia, y así aprendiendo la enseñanza de su paciencia merezcamos participar de su Resurrección, qué maravillosamente bonita es esta oración del Domingo de Ramos, y que maravillosa es la liturgia cuando se saborea en la intimidad del corazón.

Y vuelvo a repetir que el Misal es libro de texto indispensable para el alma que quiera progresar en los caminos de Dios, no nos dejemos llevar de superficialidades ni de modas en nada, porque la gente no sabe lo que dice en la mayoría de los casos porque ni piensa, y al pensar no ama, porque la raíz del amar es siempre el pensar porque el corazón empieza en la cabeza y como la gente no tiene cabeza pues ya se sabe, tampoco tiene corazón. De manera que ésta es la actitud con que hay que comenzar la etapa más fecunda, más santa, más trascendental, quizá de mi vida, porque si yo aprendo la paciencia ya está todo hecho.

Y por eso el enemigo trata de guerrear mucho, pero hombre qué largo se hace esto, con lo bien que estábamos ayer en el descanso, podía haber seguido el descanso y haber veraneado un poquito, ya es tiempo que empecemos a veranear, y por eso el enemigo sabe ver cuando pasa esto más o menos es como lo anterior. No es como lo anterior es mucho más decisivo, te juegas aquí ahora el todo por el todo, porque si tú llegas a asimilarte la paciencia de Jesús entonces sí que sabes estar con María a la cruz de Cristo, sabes vivir tu vocación. Sabes realizar esa fórmula de la liturgia tan bella de la misa de la Virgen Dolorosa, iusta crucem tecum stare, al lado de la cruz, junto a ti, estar.

Sigue hablando Ignacio de las reglas para ir tú averiguando de lo que en ti se causa de pensamientos, de ideas, de imaginaciones y de sentimientos, cuáles proceden del amigo y cuáles del enemigo, interesante, lo más interesante de los ejercicios, porque los ejercicios la ventaja que tienen es que le hacen descubrir al hombre sus enemigos, aquellos que aprendió de niño en el catecismo y estuvo repitiendo sin que se diese cuenta, mundo, demonio y carne.

Pero los ejercicios, aún de tres días si se dan como quiere Ignacio, le encaran al hombre con sus enemigos, y luego además sobre todo le enseñan, le empiezan a enseñar por lo menos las armas para combatir victoriosamente contra ellos, contra el mundo, oración sobre el Evangelio, contra la carne, penitencia, y contra el enemigo que está continuamente actuando a través de mis pensamientos, imaginaciones, ideas o sentimientos, un director espiritual, reglas de discreción de espíritus, y claro así sale el cristiano que quiera vivir la vida cristiana completamente protegido para luchar contra sus enemigos. (…)

De esta manera se va quietando y pacificando el alma y cualquier cosa que le sucede, como decía santa Teresita, cualquier borrasca que se produce en mi alma o en mi vida solamente agita las aguas superficiales. No se contagia nunca a las aguas profundas que permanecen constantemente en paz, eso es consolación en medio de las marejadillas, que mientras naveguemos por el mal tiene que haberlas. Pero se puede llegar a esta paz y a este sosiego que pone aquí Ignacio propio de la infancia espiritual de santa Teresita del Niño Jesús, a quien hemos declarado intercesora sobretodo en esta etapa, la más fecunda, la más santa y la más trascendental.

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